Cataratas del Iguazú, un producto natural

Las Cataratas del Iguazú fueron descubiertas en el año 1541, cuyo nombre deriva del guaraní “Y-Guazú”, sinónimo de “Aguas Grandes”, hoy en día forman parte de lo que UNESCO cataloga como Patrimonio Natural de la Humanidad.
Las cataratas son el producto de la confluencia del río Iguazú y del río Paraná, donde numerosas islas dividen la corriente generando así más de 270 cascadas de hasta 82 mts de altura y 4 km. de ancho. Además de esta majestuosidad en cuanto a sus increíbles dimensiones, esta zona también suele caracterizarse por el color anaranjado y rojizo de sus suelos lateríticos. Esta denominación tan particular se debe a la gran presencia del mineral laterita en su constitución.
El término laterita tiene su raíz latina en “later”, que quiere decir “ladrillo” y según la explicación científica se compone de elementos como aluminio, sílice y en su mayoría, óxido de hierro. En climas de carácter subtropical este último elemento tiende a “oxidarse”, dejando como resultado a la vista el color tan similar al ladrillo, al que se hacía referencia anteriormente.
Las Cataratas del Iguazú son compartidas por Argentina, Brasil y Paraguay, mediante la zona que se llegó a denominar como la triple frontera. De modo que es posible ingresar a ellas tanto desde la ciudad de Puerto Iguazú (Argentina), desde Foz do Iguacu (Brasil), o desde la Ciudad del Este (Paraguay).
Desde un punto de vista de estructura, toda la zona que abarca las Cataratas del Iguazú se vincula de alguna manera u otra con el macizo de Brasilia. Según pueden afirmar los especialistas dedicados a estudiar este fenómeno desde una perspectiva geológica, hace aproximadamente cien mil años atrás, estas enormes rocas se encontraban justamente en donde hoy se ubica la triple frontera.
La explicación mas acertada indica que toda la zona ha sufrido bastantes y determinantes movimientos de corteza tanto en sentido ascendente como descendente, además de numerosas fracturas, que devinieron en tales resultados. De esta manera y teniendo en cuenta la muy cambiante dureza de las rocas que conforman las cascadas, las aguas pudieron ir prácticamente moldeando un paisaje muy particular. Con su fuerza también devastadora, el agua ha ido desgastándolas hasta desmoronar enormes bloques de piedra que se depositan a sus pies provocando el retroceso.
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